Soy la esclava de África. Recuerdo el día cuando me vi obligada en el embargo con no explicación y me fui enviada a la tierra que no sabía nadie. Era separada de mi familia, mi hermano, mi mamá y papa. Recuerdo mis parientes me dijeron que no importa lo que pasó, puedo siempre mantener mi religión, que Allah me protegerá. Dijeron no permite otras personas roba su identidad.
El embargo estuve abarrotado y tenía el oler malo. Tuve un poco espacio para mover. El espacio que tuve era donde estuve pie, me dormí, y comí, cuando tuve comida. Solamente hay un poco para comer y los hombres en el embargo no les importaba sobre mi panza rugiendo. Cuando uno de mis vecinos murió de hambre o enfermedad, su cuerpo se tiró por la borda.
Me pregunté cuanto tiempo que se tardaría para llegar. Los días cambiaron a las semanas y las semanas cambiaron a los meses. Extrañaba mi familia, pero empezó a preocupar solamente con mi supervivencia.
Finalmente, después de tres meses largos, llegue en lo que se llamó Brasil. Me bajé del embargo a la tierra y mis rodillas se doblaron. Todavía me alegré estar en tierra.
Fui enviada a los campos de caña de azúcar para trabajar. Los españolas gritaron ordenes a mi que no me comprendí. Cuando era lenta en responder, pronto aprendí que fui motivo de castigo, castigo doloroso.
Me bauticé como católico y recité de la Biblia. A la noche, en cama, todavía oré a Allah, con el esperanza que él era el mismo dios que me estuve obligada a adorar. Me negué a renunciar mi identidad. No olvido de lo que mis padres me dijeron.

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